Ponle el título, por fa


La fuerte destrucción de empleo que ha experimentado el mercado laboral español durante los últimos meses ha encendido de nuevo un debate recurrente, relativo a la búsqueda de una mayor flexibilización del mercado laboral, y de manera especial, la reducción de los costes de despido. Diversos organismos, como el Fondo Monetario Internacional o el Banco de España, han apuntado la rigidez del mercado laboral como una clara amenaza para la economía española. Sin embargo, la posición del gobierno y los sindicatos es radicalmente contraria a medidas de este tipo, tal y como se ha manifestado recientemente.

Partimos de una constatación: el mercado laboral español es uno de los más rígidos del mundo. Así lo pone de manifiesto, año tras año el informe Doing Business . En la edición del año 2008 España se situaba en el lugar 160 de una lista de 181 países, rodeado de países de lo que puede llamarse el Tercer Mundo. Estas rigideces se manifiestan en muchos aspectos, pero sobre todo en los costes de despido.

Esta rigidez ha tenido tradicionalmente un precio: unas tasas de temporalidad desproporcionadas para la actividad económica. El ejemplo más lacerante de esta última la encontramos en las propias administraciones públicas. En ellas conviven casi a partes iguales funcionarios con personal laboral que en algunos casos encadena más de una década de contratos de obra y servicio, y generalmente con peores condiciones laborales.

Pero la falta de flexibilidad del mercado laboral también tiene otro precio. En los momentos de crisis, como el que estamos viviendo, son los trabajadores temporales los primeros que en la calle, aunque sean los más productivos o los que tienen una menor carga salarial para la empresa. Pero los bajos costes de despido, que en algunos casos pueden llegar a ser nulos, hacen que sean los más fáciles (o los únicos) que pueden ser despedidos de una manera poco traumática para la empresa.

Enrocarse defendiendo que los costes de despido no disminuyan constituye de facto un acto de egoísmo, ya que están condenando a la pobreza ya la precariedad laboral a una importante fracción del mercado laboral. Los defensores de la medida pueden alegar que si se flexibiliza el mercado laboral probablemente los afectados sean aquellas personas que tienen una peor empleabilidad futura, generalmente personas ya de cierta edad, y que los perjudicados por la no flexibilización son generalmente personas jóvenes sin cargas y que en un futuro tendrán su oportunidad. Pero desgraciadamente este es un discurso más propio de principios de los noventa. Actualmente empiezan a ser muchos los que llevan más de una década encadenando los denominados trabajos-basura, a pesar de sus aptitudes y habilidades.

Pero además de egoísmo, es también un flaco favor para la economía, ya que puede producir una mala asignación de recursos, dejando en la calle a personas muy productivas y manteniendo la empresa a personas que aportan escaso valor, pero que son de difícil despido. En un momento de bonanza económica, cualquier empresa y cualquier país puede permitirse todo tipo de malas asignaciones. En momentos de crisis, una mala asignación de recursos puede condenar a las empresas al cierre. Y a los países a una profunda recesión de la que no levanten la cabeza …

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El desafío de la productividad


El fuerte ritmo de crecimiento de la población ocupada ha sido posible gracias a diversos factores: el hecho de contar con una importante bolsa de desempleo al principio del ciclo económico, a la generalización de la incorporación de la mujer al mercado laboral y, una vez agotadas estas dos vías de entrada, a la inmigración. Ésta última se vio favorecida por los avatares políticos y económicos de los países de origen de diversos países, especialmente los latinoamericanos.

Pero este crecimiento no hubiera sido posible de no haber sido por la demanda, Y es aquí dónde la construcción y las actividades inmobiliarias han jugado su papel. La rebaja de los tipos de interés, y el creciente atractivo de muchas zonas turísticas animaron el mercado inmobiliario, que también se ha visto beneficiado por la propia inmigración. A su vez, la revalorización de las viviendas llenó los bolsillos de muchos ciudadanos, bien porque vendieron sus activos inmobiliarios, bien porque se endeudaron con la garantía que suponía que sus viviendas se revalorizaban año tras años. Buena parte de este dinero se destinó a consumo y permitió, por ejemplo, tasas de crecimiento de dos dígitos en las ventas de coches de gama alta o que no hubiera mesa libre en los restaurantes durante los fines de semana. En definitiva, se consumó el círculo virtuoso del crecimiento.

Pero este círculo ya es historia. Las viviendas ya no se venden si no es con una sustancial rebaja. Como las viviendas no se venden, es arriesgado invertir en la construcción de nuevas viviendas. Y si no hay nuevas viviendas no hay trabajo para mucha gente. Probablemente los flujos migratorios empiecen a decaer, y en vez de qué la población activa de origen inmigrante crezca a tasas de dos dígitos lo haga para compensar a duras penas la evolución de la población activa de origen autóctono, que cae año tras año.

Y si la población activa crece a un ritmo similar al crecimiento vegetativo (tampoco queda muy claro que podamos continuar acogiendo inmigrantes al ritmo actual),  si aspiramos a mantener un ritmo de crecimiento económico lo suficiente elevado deberá crecer la productividad. ¿Una quimera? No necesariamente. Como la productividad ha sido la gran olvidada de estos últimos años, existe un amplio margen de maniobra para introducir reformas y mejoras. Pero esto ya forma parte de otro artículo…

Las casas con vida, la vida con casa


vdeviviendaEl pasado sábado distintos colectivos aprovecharon para echarse a la calle y hacerse oir. Uno de ellos fue el colectivo V de Vivienda quienes nuevamente salieron a protestar por los problemas de acceso a la vivienda.

Razón no les faltaba para manifestarse. “Gracias” a la avaricia colectiva (empezando por los promotores y construcciones y acabando por las administraciones, pasando por intermediarios, “inversores” y otros) se ha generado una burbuja especulativa de dimensiones gigantescas, con el agravante de qué se ha hecho con un bien de primera necesidad. Han sido contados los casos en los que se ha osado cuestionar qué estaba pasando. Y ello se debe a que la burbuja ha beneficiado al *mainstream”, frente una minoría, formada mayoritariamente por gente joven o inmigrante.

Pero la avaricia sin límite ha provocado el brusco pinchazo de la burbuja. Los precios hicieron inaccesible el acceso a la vivienda a amplias capas de la población, incluso en el caso de alargar los plazos de la hipoteca a 40 años. Y una sucesión de chispas (el incremento del Euribor, la crisis de las subprime y el fuerte aumento de la inflación) echaron el resto. Actualmente, a duras penas se venden viviendas, y las pocas que se venden se deben mayoritariamente a compromisos adquiridos tiempo atrás.

Se prevé que los precios de la vivienda terminen descendiendo entre el 30 y el 50% de su valor actual durante los próximos cinco años . Será un proceso de ajuste largo. Inicialmente será difícilmente asumible verse obligado a reducir precios. Pero el paso del tiempo, las nulas perspectivas de revalorización, y los costes derivados de tener una vivienda cerrada (empezando por los impuestos y pasando por la depreciación), forzarán la salida almercado de nuevas viviendas a precios inferiores. Paradójicamente, el interés de los constructores en las promociones de VPo puede deprimir aún más el mercado al generar una mayor sobreoferta.

Al final todo volverá a su punto de equilibrio. Pero, ¿qué ocurrirá con todos aquellos que se han quedado atrapados en la burbuja? Precisamente debería ser este grupo el que debería ser objeto de una atención especial por parte de las administraciones. Pero ya se sabe que una cosa es el que debería ser, y otra lo que ocurre en la realidad. Y la realidad es que las políticas de vivienda continúan siendo más del mismo: subvención al ladrillo (léase VPO) y medidas de dudosa eficacia económica y equidad (como el cheque-alquiler).

Precisamente fue por este “más de lo mismo” por lo que miles de personas, jóvenes y no tan jóvenes, fueron a manifestarse. Y tenían toda la razón del mundo. Políticas de acceso a la vivienda sí, pero que sean serias.

La burbuja mileurista


Los mileuristas (también denominados Generación X, y que englobaría más o menos a los nacidos a los años setenta y principios de los ochenta)  han sido noticia esta semana. La aparición de dos estudios, uno de la Universidad de A Coruña y otro de la ANECA, mostrando con estadísticas lo que era vox populi ha abierto la caja de los truenos. Los comentarios a las noticias y el tono en que estaban redactados sugieren que la época en que aceptaban tal cual las condiciones que les imponía la sociedad están empezando a pasar a mejor vida. Probablemente porque muchos han empezado a cruzar el umbral de la treintena sin haber solucionado todas aquellas cosas que un veinteañero de la generación anterior había solucionado: consolidarse en el mercado laboral, acceder a una vivienda o formar  una familia. El mundo en el que han aterrizado, sin embargo es radicalmente distinto: trabajo precario, práctica imposibilidad de emanciparse y negros augurios para crear un hogar.

Y razón no les falta, porque han sido la generación que ha pagado el pato de los cambios del sistema económico de la última década y media:

– Llegaron tarde al mercado laboral. Fueron ellos, y no las generaciones anteriores, quienes sufrieron en propia carne los excesos de las ETT, las dobles escalas salariales y otros artificios destinados a garantizar la rentabilidad del empresario y el trabajo de los seniors. Entrar en el mercado laboral después de 1994 fue garantía de precariedad laboral, contratos de cinco días (y así ahorrarse pagar el fin de semana) y salarios bajos. Un cajero de temporada cobraba en  1993 el equivalente a 1.500 euros mensuales. Un año después, contratado vía ETT, este cajero pasó a cobrar a duras penas 600 euros.

Continua llegint “La burbuja mileurista”