HORIZONTE DE INSUMISIÓN por Fernando Onega

Artículos | 15/12/2012 – 00:00h

Fernando ÓnegaFernando Ónega

 

Una hoja de ruta la diseña cualquiera. Basta señalar el punto de llegada y poner en papel los pasos necesarios. Sacarlos del papel y llevarlos a la práctica tiene sus trámites. Y lo digo por adelantado: o Mas y Junqueras se disponen a un futuro de insumisión, o con las leyes actuales no es posible, o es interminable, lo que llaman transición nacional de Catalunya. Lo digo de manera ruda, porque oigo a algunos líderes catalanes, y da la impresión de que todo se arregla con la simple manifestación de su voluntad o que el camino queda expedito con la firma de un pacto de gobernación.

A partir de ese pacto, comienza una formidable confrontación entre dos legitimidades: la legitimidad de la representación y la legitimidad de las leyes. La primera dice que en el Parlament hay mayoría para avanzar hacia la independencia o, al menos, para ejercer el llamado derecho a decidir. La segunda, basada en doctrina de la ONU, empieza por decir que ese derecho no existe en territorios no colonizados. Y a partir de ese principio, todo lo demás: la agencia tributaria propia deberá depender de la estatal, la autorización para crear un banco depende del Banco de España, la administración de justicia se puede transferir, pero no dividir, y una ley de consultas no recurrible al Constitucional es, sencillamente, imposible.

Por tanto, a diferencia de la transición española, que se hizo de la ley a la ley pasando por la ley, la transición catalana es imposible bajo el mismo principio. Lo repiten todos los días los miembros del Gobierno que se han pronunciado: no existe ninguna norma que permita la consulta popular y mucho menos el tránsito a la independencia, ni se espera que la haya. Frente a esa realidad legal, ¿cómo se hace valer la legitimidad de la representación independentista?

Francamente, no lo sé. No tengo la fórmula, pero hay tres evidencias. Uno: los movimientos por la independencia no se van a callar ni a retirar por una dificultad legal. Y mucho menos, ahora que Mas entregó la iniciativa a ERC, cuya finalidad ahora mismo es única: convertir a Catalunya en Estado soberano. Dos: que el Gobierno central, como administrador del Estado, no puede hacer nada que incumpla las leyes, con lo cual poco puede hacer. Y tres: que tampoco es presentable un juego político que consista en ignorar la realidad política de Catalunya, si es mayoritaria. El sentimiento de un pueblo se puede contener una temporada, incluso años, pero no de forma permanente. Si se hiciera, se estaría dando la razón a quienes todavía no la tienen, dicho sea con los debidos respetos: los que sostienen que Catalunya es una nación sometida a la bota de Madrid. Ni existe bota ni existe sometimiento.

Así se presenta el futuro. A esa realidad se enfrenta el Govern que está a punto de formarse. Hago estos apuntes, porque oigo y leo declaraciones de líderes que presentan el horizonte soberanista no sólo como un paraíso sin problemas, sino como algo que se arregla simplemente con una firma. Perdónenme, pero no es verdad.

Retales
Malestar 1. Lección de los últimos conflictos: no hacer reformas en tiempo de recortes. Si al malestar creado por los cambios en Educación o Justicia se añaden despidos y rebajas salariales, no hay forma de evitar la rebelión.

Malestar 2. Si las reformas se están haciendo con mentalidad económica, para ahorrar unos euros en Justicia, en Educación o en Sanidad, nunca tendrán grandeza, ni responderán a un modelo de país, ni tendrán respaldo social.

Montoro. El ministro quiere hacer públicos los nombres de los grandes defraudadores y morosos. Ah, pero ¿sabe quiénes son?

Gansteril. Si Santiago Cervera extorsionó, es un delincuente. Si le tendieron una trampa, el delincuente ha sido otro. En cualquier caso, alarma: los métodos gansteriles han entrado en política.

Consuelo. Para Ruiz-Gallardón: ¿qué es, ministro, una hora de paro del personal judicial al lado de los cinco, de los seis, diez años que puede tardar una instrucción?

El tic. A los diputados que salen en la televisión detrás de Rajoy en el Congreso les va a quedar un tic. Eso de estar horas, días, años diciendo sí con la cabeza a su jefe tiene que tener secuelas físicas. Las psicológicas ya están asumidas.

Dimitir. Decís de un gallego que no se sabe si sube o baja. Mucho mejor lo del alcalde de Sabadell y el presidente de la Diputación de Girona. Por su forma de dimitir, ni siquiera se sabe si están o no están.

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