UNA VELA EN EL LABERINTO por Antoni Puigverd

Al tratarse de una revuelta menestral, no ha confiado en un líder liberal

Artículos | 30/11/2012 – 00:00h

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Catalunya ha entrado en un laberinto. El fiasco de CiU es de antología, y también el del PSC (como al perro flaco, ahora todas las pulgas le buscan). Se dice que las empresas demoscópicas y los comentaristas han errado el tiro. Tanto es así que, según escribió en este diario Víctor Amela, en la noche electoral un comentarista exclamó, escondiéndose tras un cómodo plural: “Seamos sinceros, todos nos hemos equivocado”. También Ramoneda hizo autocrítica el otro día diciendo que el periodismo catalán quedó atrapado en la hegemonía y las fantasías dominantes. Da en el clavo, pero su análisis es incompleto. Ya tendremos tiempo de intentar completarlo, pero hoy, y sin que sirva de precedente, me gustaría recordar que no todos dijimos lo mismo ni de la misma manera. Cada palo que aguante su vela.

“Nadie es profeta en su tierra”, así titulé mi retrato de Artur Mas. En él decía que estaba muy solo, pues hasta los publicistas, disfrazándolo con gestos y ademanes artificiales, le mostraban desconfianza. En las tertulias en las que me invitan (que no son las del Grupo Godó), sostuve que las encuestas no acertarían porque, al margen del voto decidido, la cocina se haría partiendo de elecciones anteriores, en las que no se discutía el tema, calificado de histórico, ahora planteado. Por otra parte, en las columnas de agosto y de precampaña describí el principal riesgo del viraje del catalanismo hacia el independentismo: reventado ya el airbag del PSC (la visión inclusiva de los dos sectores culturales y emocionales del país), una pregunta era inevitable: “¿Es verosímil una independencia liderada por unos partidos, CiU y ERC, que son irrelevantes en los municipios metropolitanos?”.

“El PSC está muerto, pero los deberes del PSC están por hacer”. Lo que yo temía es ya realidad. El catalanismo (ahora independentista) es la corriente más viva, pero los resultados de PP y Ciutadans revelan que se está construyendo una corriente antagónica que, como argumenta con datos Carles Castro, tiene espacio para desarrollarse. El país avanza hacia la antipatía: dos bloques irreconciliables. Ahora bien, al margen de este miedo, ¿qué otro argumento tenía yo para oponerme a la corriente de ilusión desatada el Onze de Setembre? Ninguno. Ilusión e iluso tienen la misma raíz, dije. Pero, a los moderados, el TC nos había dejado sin argumentos. Por otro lado, la reacción furibunda de la prensa y la política de Madrid exigía explicar de dónde venía, qué era y por qué aparecía la corriente independentista. “No es una jugada de Mas, es una revuelta menestral”, escribí.

Y puesto que se trata de una revuelta menestral, no ha confiado en un líder liberal. La menestralía, emotiva y fragmentada como siempre, tenderá al desbarajuste. Y en plena crisis económica, el desbarajuste político agudizará la sensación de naufragio. También lo escribí: después de 6 de octubre de 1934, vino el 19 de julio de 1936. Es decir: la primera agitación fue catalanista; pero la de verdad, anarquista.

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