VERDADES QUE CUESTA ACEPTAR de Gregorio Morán en La Vanguardia

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Lo dramático en nuestro caso no es que tengamos una clase política golfa e incompetente, cosa que ya sabíamos de antiguo. Lo que nos ha dejado de un pasmo es descubrir que además no es seria. Usted puede admitir que un registrador de la propiedad le dé al frasco, o a la rayita, vaya de señoras por las noches, sea ambidiestro, se escaquee en el despacho, tenga una cierta querencia hacia los juegos de azar, en fin, todo. Lo único que no consentiría usted ni nadie es que cuando prepare los documentos y firme los pliegos, lo que ahí está escrito “no vaya a misa”.

A eso le decían profesionalidad y disculpaba muchas otras torpezas. En apenas seis meses el presidente Rajoy ha conseguido alcanzar una cota que ni siquiera el inefable Zapatero había logrado en tan breve espacio de tiempo. Este tío, o es idiota o disimula. De cualquier manera, tiene al personal inquieto para saber de cuál de los dos lados se inclina. Como preparo un retrato de Mariano Rajoy al carboncillo, dejémoslo hasta entonces.

Soy uno más del puñado de españoles que ha aguantado, en progresiva irritación, los 40 minutos de rueda de prensa del ministro Luis de Guindos –en castellano la polisemia de este apellido daría para un puñado de ironías–. Después de escucharle, con su vocalización espasmódica y su torpeza sintáctica, creo haber llegado a una conclusión provisional, nada definitiva: he entendido las razones por las que Lehman Brothers, aquel mítico banco que quebró en sucesivas estafas y que pasará a la historia como el precursor del desastre, le tuvo a él como representante en España, y sobre el que, si no estoy mal informado, hay unos 4.000 millones aún en debate. Por qué le pusieron los banqueros norteamericanos llegué a captarlo, lo que no pillé son las razones por las que le eligió Rajoy como ministro de Economía. A menos que sea torpeza analítica mía, y el caso se reduzca a que son las mismas o parecidas.

Me llamó la atención que sus respuestas no aclararan nada. Eran forzadas, como de banquero correoso que se mantiene en los límites del contrato y que oculta la letra pequeña. Jamás se me hubiera ocurrido confiarle un duro a este gañán engominado y calvo, con un traje a rayas más sospechoso que la bolsa de Nueva York. Imagino que los economistas veteranos, más curtidos que yo en este tipo de personajes, ni siquiera aguantaron los 40 minutos. Les bastó con la primera respuesta y un resumen.

Un dislate. En un país que no se atreve aún a mirarse en el espejo, sin apenas conciencia de Titanic, el jefe del Gobierno, Mariano el Taciturno, decide que sea el jefe de máquinas, responsable principal del rumbo del buque, el que informe al personal que todo va cojonudamente, pero que se han quedado sin carburante en medio del océano. He de admitir que no sé qué me admiró más, si la ternura de las preguntas o la desvergüenza de las respuestas.

Fue una especie de documental rodado en directo sobre las relaciones entre la prensa y el poder, y habremos de reconocer que el poder quedó tocado de las dos alas, y la prensa humillada. Después de muchos años tuve el hálito de que estábamos allá por los setenta, al final de los tiempos del cólera. Nadie sacó los pies del plato, ni meó fuera de tiesto –aunque la ocasión lo requería–, y me pregunto si alguno de aquellos colegas que se dirigían al titán de las finanzas hubieran dicho algo así como “señor ministro, ¿usted está tratando de engañarnos, o se lo cree?”. Ese momento crucial en el que el ministro evalúa que él está allí para engañarles, pero no puede expresarlo, y tan sólo apunta, como el personaje de Viva Zapata de Elia Kazan: “¿Cómo se llama usted?”. Luego los subalternos le harán saber “lo que vale un peine”.

En España se ha producido un cambio importante en la sensibilidad ciudadana, que podría resumirse así. Primero fue la convicción, más que generalizada, de que los “socialistas no eran de fiar”. Daban por sentado que después del período zapaterista lo que se pedía era seriedad y rigor. Pero en apenas cinco meses, con la acumulación de torpezas, de engaños, de mentirijillas de colegial, de flagrante incompetencia, la gente ha empezado a pensar en algo terrible: este personal que nos gobierna no es serio. Un descubrimiento que azora y acojona.

Yo estoy convencido, y admito que es una hipótesis no fácil de probar, que la intervención de Mariano Rajoy, a punto de salir disparado para Polonia para ver un partido de fútbol, no era otra cosa que la tapadera del viaje. ¡Mariano, no puedes ir al partido si antes no has dicho alguna cosa sobre el rescate! Y lo hizo. Es lo suyo, Mariano, registrador de la propiedad; cumplidor y desganado. Si el equipo español ganaba a Italia, se generaba un plus de entusiasmo ciudadano, por decirlo de la mejor manera, que compensaría las humillaciones. Lo de Irlanda, alcanzará tonos épicos, no me cabe duda. ¡Irlanda, otro símbolo de la crisis!

Sorprende que los analistas políticos no hayan señalado la diferencia entre el jefe del Gobierno italiano, Mario Monti, que tuvo el gesto de quedarse en casa, porque el asunto no está para frivolidades, y Mariano Rajoy que siguió una tradición muy hispana, que por cierto ha impregnado Catalunya de manera inquietante, según la cual el fútbol sirve como vaselina de la realidad. ¡Qué bonito ese empate! ¡Qué finta del destino! Me imagino a ese personal disfrazado con banderas, carne de psiquiatra, emocionado ante la posibilidad de una victoria antes de volver a casa y encontrarse con el paro, la derrota, la crisis, los niños, y su propia inanidad. Volvemos a la mitología del franquismo, el fútbol como terapia para frustrados.

Habría que hacer una apelación a la inteligencia para que se dejaran de hostias y frustraciones, y enfocaran el fútbol como lo que es: un deporte de masas, en ocasiones bellísimo, pero especialmente indicado para la exhibición de los aspectos menos felices del ser humano. Es difícil encontrar algo más corrupto y falaz que un equipo de fútbol. Es el símbolo de la nueva era: terminado el ciclo milagrero de Fátima y Lourdes, sólo quedan los santos laicos en calzoncillos, para embeleso de los derrotados del mundo. Manolo Vázquez Montalbán y Eduardo Galeano convertidos en vaticanistas de los nuevos tiempos. Humillante, ese camino de Espartaco a Maradona. ¡Ay, los dialécticos, qué bajo hemos caído!

El patriotismo del balón, esa beatería de la superación de clases, impregnada de violencia, se ha convertido en ideología que ningún dirigente rechaza cultivar. Y menos que nadie los líderes mediáticos. ¿Qué dirían de nosotros si nos separamos de la gente común, de sus creencias? En cinco meses, cinco, un partido político que había conseguido la mayoría absoluta está encandilado en su única oportunidad, que no está en salvar la economía, los puestos de trabajo, el crédito, la moral de combate ante la adversidad –llevo años preguntándome cuál es nuestra adversidad, fuera de la incompetencia y la autoestima–, sino ganar partidos de fútbol. Para los viejos de lugar, como yo, nos recuerda a Franco –que se aburría en el fútbol, como todos los dictadores, pero disimulaba– disfrutando del gol de Marcelino, un churro, frente a Rusia en una tarde lluviosa de junio de 1964.

La verdad que más cuesta aceptar es que un país entero, adormecido y mediocre y acobardado, ha de aceptar un dilema único en nuestra historia. Ni siquiera tiene comparación con las humillaciones a las que los Fugger, banqueros de Carlos V, sometieron las arcas del Estado en condiciones leoninas. Entonces nadie se enteraba de nada, hasta que sufría las consecuencias. ¡Hemos de salvar a nuestros banqueros! Ni nuestros bisabuelos escucharon cosa semejante. Se hubieran echado a reír como si fuera un chiste. “Españoles, ciudadanos, hemos de salvar a nuestros banqueros”. Posiblemente El Roto ya lo ha convertido en viñeta. Esta gente no es seria. Deberían pensar en cambiarlos antes de que sea demasiado tarde.

http://elcomentario.tv/reggio/tag/gregorio-moran/

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