PASEAR AL PERRO DE LA MEMORIA de Gregorio Morán

SABATINAS INTEMPESTIVAS

No creo que el título sea bueno. Contra la memoria (Debate). Pero el libro de David Rieff es un vivero de reflexiones, apuntes, citas de autoridad –quizá demasiadas–, que lo convierten en lectura imprescindible en un país como el nuestro, donde la memoria se ha convertido en piedra angular de todas las estupideces imaginables. Somos una sociedad tan frívolamente desmemoriada que cuando a alguien se le ocurre recordar, en lo primero que piensa es en montar una asociación, recurrir a sus ancestros para exigir subvenciones o escribir una novela.

No puedo evitar citarlo. La última genialidad de un grupo de graciosos desocupados consiste en exigir a la República de Italia que pida perdón por los bombardeos de Barcelona durante la Guerra Civil. A estos impresentables ociosos habría que empezar recordándoles que los italianos hicieron una revolución que consistió en derribar el fascismo por las armas, barrer a sus dirigentes, en algunos casos por procedimientos expeditivos, y crear una sociedad democrática. Y eso exactamente durante los mismos años que, quienes habían señalado los objetivos sobre los que se debía bombardear Barcelona y España entera, no sólo regían los miserables destinos de este país, sino que empleaban a sus padres, les tapaban la boca en su condición de siervos y construían un Régimen a cuyos dirigentes ninguno de ellos les ha exigido responsabilidades, sino aumento de sueldo.

Si no me gusta el título del libro de David Rieff en castellano, Contra la memoria (Debate), es porque la memoria ha devenido, después de un siglo atroz como fue el XX, en un recurso para todo. Yo hubiera sugerido algo así como Las perversidades de la memoria, que creo más exacto con nuestra actual situación. Y no es por exagerar sino por una simple constatación de lo evidente. Hemos liquidado en el silencio más plúmbeo la memoria de la clase obrera. No me refiero sólo a la histórica, la que fue el topo de la historia y esperanza de la humanidad, y que quebró como si fuera una ilusión adolescente. Recientemente una historiadora francesa recordaba que en la primera década del siglo XX, cuando el empresario del acero, Schneider, paseaba por el pueblo donde estaba su gran factoría, la gente se arrodillaba a su paso.

Me estoy refiriendo a algo tan reciente como lo nuestro. Las huelgas mineras de 1962, que fueron un campanazo en una sociedad castigada y silenciada, apenas si han tenido algún evocador, torpe e interesado. No quiero imaginarme en lo que va a terminar el recordatorio del Contubernio de Munich. ¿Figuran las huelgas mineras y el contubernio en los libros de texto de nuestros chavales? Pregunta retórica para evitar decir que ni aparecen ni se les espera.

Fíjense en un detalle. Los dos actos de la memoria histórica programados por las instituciones autonómicas se reducen al de la supuesta izquierda abertzale, en Navarra, dedicado a 1512, y nuestro inefable 1714, donde un intelectual de fuste, Mikimoto, se ocupará oficialmente de organizar el fasto necrológico. ¡Y todo ese plantel de lumbreras de nuestra historiografía no ha dicho esta boca es mía, por si cae algo! Me da por pensar que los colectivos profesionales españoles, casi sin excepción, cada vez se parecen más a las cofradías alemanas del siglo XIX; se manifestaban cuando afectaban a sus privilegios y en las fiestas de guardar.

En poco más de cien páginas, David Rieff va recorriendo diferentes facetas de la memoria histórica y uno tiene la impresión, ante la precisión y la buena voluntad de autor –en absoluto perverso sino conmovido–, que la memoria resulta en la mayoría de los casos como ese perro agresivo que sacan a pasear los jóvenes arrogantes, en la convicción que basta con su sola presencia para intimidar a quienes lo contemplan. ¿Qué queremos decir cuando nos referimos a la memoria histórica? Es una pregunta que inquieta a Rieff y que nos exige ponernos las pilas y abordarla con cierta distancia. Los tortuosos caminos, en ocasiones heroicos, que llevan al recuerdo de las dificultades del pasado. ¿Cómo los interpretamos? ¿Debemos considerar los museos de historia como un condensado de la ideología dominante? Por supuesto, pero vienen a ser un sustitutorio de algo de mayor calado, que es la ruptura de la cadena cultural. Nosotros vivíamos en una sociedad dialéctica y nos dábamos cuenta; hoy el modelo es Disneylandia.

Me explico. En el franquismo sabíamos que la bazofia que nos suministraban como material de la memoria había que contrastarla con una realidad apabullante. Partíamos de que nada era como nos lo contaban. ¿Y ahora? ¿Alguien osaría decir lo mismo? Queridos, hemos terminado en algo parecido, pero sin el elemento dialéctico. No hay otra verdad  que la que  te enseñan. ¿Se imaginan a un padre diciéndole a su hijo que ponga en sordina todas esas patochadas que ahora le cuentan los libros de historia canónicos? He tenido en mis manos textos de la enseñanza pública en Madrid y Barcelona, y avergüenzan a cualquier adulto mayor de cincuenta años; es decir, de los que lo han vivido.

Hay en el luminoso libro de David Rieff dos ideas que desasosiegan y que no tengo ningún argumento para pensar que no sean exactas. La primera: que los pueblos avanzan cuando tienen más capacidad para olvidar que para recordar. De ser cierto, y no lo dudo, nos plantea a los que vivimos en buena parte de la memoria –es decir, todos los que escribimos– un dilema trascendental. No se trata de hacer ciencia ficción, sino de someter nuestro recuerdo implacable a una sociedad que prefiere rememorar las navidades, no las visitas al cementerio. Y eso nos convierte en aguafiestas, esos jodidos cabrones que te joroban la fiesta con un apunte que se prefiere olvidar.

Detrás de esa efervescencia de la memoria de tanto asesinato en las cunetas del franquismo, detrás de esa legítima búsqueda de los restos de los parientes desaparecidos, hay algo de orgullo generacional y de reproche. Los nietos no están dispuestos a asumir el miedo de sus padres. Y eso les dignifica pero plantea una cruel realidad; la democracia se instauró en 1977. Por tanto, la larga espera de 30 años significa dos generaciones acojonadas. Dos generaciones con la memoria suspendida son mucho para una sociedad.

La otra idea de David Rieff es aún más inquietante. “No hay nada más socialmente incontrolable y, por ende, peligroso políticamente que un pueblo que se tiene a sí mismo por víctima”. Aquí nos encontramos con una paradoja interesante y de una actualidad vibrante. Podríamos poner ejemplos que se considerarían provocaciones. La conciencia de víctima consiente una legitimidad ilimitada para cometer las mayores barbaridades de la historia. El victimario del siglo XX, el menos tratado y el de mayores consecuencias, fue la campaña política que llevo a la victoria del partido nazi en 1933. Los verdugos, en un tiempo récord, se trasmutaron en víctimas de las potencias vecinas y de los poderes financieros que ellos atribuían a los judíos. No les dejaban ser lo que querían porque se lo impedían los tratados, la historia y la confabulación del comunismo y el sionismo. Toda la teoría sobre la Guerra Civil que desarrolló el franquismo estaba basada en el victimario. Los políticos, cuando manejan la historia, amasan goma 2, y cuando explota, aseguran que no era culpa suya.

El pequeño libro de David Rieff contiene una gran memoria. En un país donde el pasado lleva sin pasar décadas o siglos, sería de lectura obligatoria y motivo de debate. Nosotros nos limitaremos a una reseña y una recomendación. Léanlo y recuerden que al tiempo que sigue siendo verdad el hecho de que el olvido “mata a las víctimas dos veces”, no deja de ser menos cierto que “la memoria histórica se construye o imagina, es invento o se lega, y tiene gran importancia para los historiadores profesionales. El nacionalismo es una emoción”. Convendría hablar de todo esto, antes de que se desaten los fantasmas que siempre acompañan a la ruina.

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