EL ABSURDO PROBLEMA DE LOS TECNÓCRATAS CON LA PEREZA

Hay que olvidarse del “cafelito” y dejar de leer periódicos en lugar de trabajar. Fueron declaraciones de Antonio Beteta, Secretario de Estado de Administraciones Públicas. Lapsus linguae, sin duda, pero por ello mismo es una muestra espontánea y sincera, desenmascarada, de los valores encarnados por nuestros representantes políticos.

En la banalidad y trivialidad de sus palabras se dejan entrever los modos de pensamiento que legitiman jerarquías, desigualdades y valores esclavistas. Sus casi inmediatas disculpas -obligadas por el decoro cínico-político- no eximen de una interpretación de sus palabras. Representan toda una corriente de pensamiento y un modelo de vida: el espíritu de sacrificio y la sumisión a la condena del trabajo como principios rectores de nuestra sociedad.

La forma en que vivimos ha asimilado tales mandatos en forma de poder interiorizado. Dicho de otra manera, no sólo es la elite gobernante, los poderes económicos y políticos quienes hacen gala y exigen de la sociedad que asuma los valores del trabajo por encima de cualquier otra consideración. ¿Por qué provoca una vergüenza sin igual el hecho de vernos marcados bajo el signo de la pereza? Sentimos orgullo al exhibir una vida laboriosa; y auténtico terror de ofrecer una imagen indolente y poco solícita a la eficiencia productiva. La ociosidad y la pereza como la madre de todos los vicios.

Habría que releer, una y otra vez, el célebre ensayo de Max Weber La ética protestante y el espíritu del capitalismo . Ningún tiempo de solaz, de asueto para el ethos capitalista: inversión y maximización constante de rentabilidades para mostrar las señales de la bienaventuranza. Incluso el tiempo de ocio debe transformarse en tiempo productivo para el sistema capitalista, en forma de consumo pasivo de televisión , videojuegos, espectáculos deportivos… No obstante, encontramos ciertas contradicciones en el enaltecimiento del trabajo proferido por la clase dirigente y difundido por los medios.

El trabajo siempre se ha considerado como un castigo, una penalidad. Al menos el trabajo desagradable que es necesario para la obtención del sustento. ¿Cómo es posible que en lugar de avanzar hacia una disminución del trabajo, las sociedades modernas multipliquen sistemáticamente las horas de trabajo?

Es una cuestión de moral, de costumbres, de modo de ser ilustrado en la insignificante anécdota del “cafelito”. Paul Lafargue, en el Derecho a la pereza (1880) , aludía a esta moral burguesa como el “dogma desastroso”:

Una extraña locura se ha apoderado de las clases obreras de los países en que reina la civilización capitalista. Esa locura es responsable de las miserias individuales y sociales que, desde hace dos siglos, torturan a la triste humanidad. Esa locura es el amor al trabajo, la pasión moribunda del trabajo, que llega hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y de su prole. En vez de reaccionar contra tal aberración mental, los curas, los economistas y los moralistas, han sacro-santificado el trabajo.

En los discursos políticos leídos en la prensa actual se suceden las invocaciones al espíritu de sacrificio, a la abnegación. Es muy corriente escuchar declaraciones que denostan la vagancia, que culpan a la pereza de sectores sociales, como funcionarios, o incluso a una pretendida indolencia congénita en regiones enteras como Andalucía. Incluso desde una óptica neocolonialista, expresión de la más vergonzante relación norte-sur, diarios y discursos políticos del resto de Europa han acusado a los PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España) de haberse convertido en parásitos que lastran, por su falta de probidad y eficiencia, por su naturaleza esencialmente corrupta y manirrota, el crecimiento de los países septentrionales dotados de una ética religiosa del trabajo.

Desde los círculos tecnócratas, tanto economistas como políticos ensalzan el valor del trabajo. Reprueban a su vez a los “ociosos” como rémoras del sistema. Trabajar más y cobrar menos parece ser la consigna para aumentar la mitificada productividad. Sólo de esa forma elevaríamos nuestra competitividad y dejaríamos atrás la crisis económica.

El presupuesto implícito que sirve de basamento para tal discurso reside en la lógica de la productividad y eficiencia. Sencillamente, la felicidad y la mera socialidad se marginan a un segundo plano. Al mismo tiempo, el discurso reaccionario y neoliberal estigmatiza a quienes no se pliegan a la lógica del trabajo. Resuenan expresiones vejatorias como “radicales” para categorizar a los que piensan y viven de otra manera.

En este sentido, los medios mayoritarios suelen reverberar la primacía de tales valores por encima de otras dimensiones de la vida que no tienen su traducción en el PIB. ¿Cómo esperar un punto de vista disonante de los medios cuando pertenecen a las estructuras financieras que se nutren de este modelo de existencia? Lo que no se puede capitalizar no desaparece -hay espacios de esperanza-, pero es accesorio y sólo se obtendrá mediante el arduo tráfago. La prosperidad futura nacida de las penalidades presentes.

Esta forma de concebir el modo de vida no sólo tiene sus repercusiones en la esfera política. Los medios suelen acatar de modo tácito y acrítico las notas de prensa, los comunicados audiovisuales de dirigentes políticos y actores económicos. No hay labor de interpretación, de cuestionamiento de los presupuestos en que se basa el discurso de las elites. En especial las omnipresentes tertulias televisivas se ocupan de reproducir el mismo mensaje, las mismas premisas.

La producción de significados, es decir, el hecho de que a partir de los medios se difunda una serie de valores (la ética del trabajo) y se estigmaticen otros (el ocio) como contra-valores nunca deseables y socialmente perniciosos se une a la sensación de que sólo un gobierno tecnócrata logrará hacernos salir de la situación actual. Austeridad, racionalización y grandes esfuerzos se oponen aquí al despilfarro y el hedonismo de los años precedentes.

Los medios, en términos brechtianos, rara vez son disentidores. En su lugar, consienten el cinismo. Nietzsche llamaba “moral de esclavos” a esta reproducción de valores interiorizados que nos somete al asumirlos como propios: instinto gregario. Instinto de rebaño bajo la férula del trabajo disciplinado.

En Italia, con la llegada sin plebiscito de Mario Monti; en Grecia con el gobierno del ex-vicepresidente del Banco Central Europeo Lucas Papademus; en España con las figuras de economistas de larga trayectoria en la banca comercial, como Luis de Guindos, el giro tecnocrático se torna más visible. Al leer o escuchar el término tecnocracia, el espectador se ve influido sin duda por el aura mágica y mirífica de la tecnología.

La fascinación por el cálculo, la eficiencia y la previsión que acompaña al adjetivo técnico viene hoy en día a suplir las deficiencias irracionales de la economía de Mercado. Y paradójicamente son los mismos “técnicos” que dirigían las instituciones económicas que nos han llevado a esta situación catastrófica.

Más allá de la deshumanización que, del mismo modo, también ha matizado los significados de la técnica, la invocación a la tecnocracia resulta contradictoria. Si atendemos a su acepción como gobierno de la técnica, habría que preguntar por la noción misma de técnica. En los fundamentos de la técnica encontramos el impulso capital del hombre como ser que intenta modificar su entorno para acomodarlo a sus necesidades. En otras palabras, inventamos nuevos artificios para facilitarnos la existencia porque somos perezosos.

Si la técnica sirve al humano objetivo de ahorrar esfuerzo, ¿por qué los gobiernos tecnocráticos endurecen las condiciones de trabajo? ¿por qué precarizan y tornan más inseguras las vidas laborales? ¿por qué aumentan las horas de trabajo?

Mientras una parte de la población vive sobre-explotada, la otra, al borde en ocasiones de la inanición y siempre en deuda con la autoestima y el respeto por uno mismo , constituye el ejército de reserva industrial que se halla dispuesto a aceptar tales condiciones esclavistas.

La voracidad del capitalismo no deja lugar para oasis de descanso. Al menos no para quienes, con su trabajo, tienen que procurar tiempo de ocio a la clase gobernante, a quienes configuran y organizan el trabajo esclavista. Podrá objetarse que es una hipérbole considerar el trabajo actual como esclavista. No lo es desde el mismo momento en que la técnica moderna es capaz de proporcionar el sustento necesario para liberar tiempo de ocio. Es absurdo e insensato.

En 1932, Bertrand Russell escribió el Elogio de la ociosidad . En este corto ensayo, defendía la rebaja de las horas diarias de trabajo hasta cuatro. Habida cuenta del progreso tecnológico, ya hace 80 años una lúcida voz esclarecía lo absurdo de un sistema económico que subsume la felicidad humana dentro de la lógica productivista. Su razonamiento es mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más cabal que los inextricables argumentos de los economistas neoliberales.

Si por medios técnicos se reduce drásticamente la cantidad de trabajo requerida para procurar los bienes esenciales para la vida, lo sensato sería también reducir la jornada de trabajo. El “cafelito” y la lectura de periódicos; la ocupación en actividades consideradas improductivas , sin utilidad como puede ser una conversación corriente cuya finalidad sea únicamente la curiosidad, el conocer lo diferente a nosotros : todo aquello que se hace por sí mismo y no para otra cosa permanece en los márgenes de la vida.

Sin embargo, l as violencias estructurales que suscita el sistema de Mercado, la struggle for life y la guerra de todos contra todos según la lógica de la competitividad no son situaciones inexorables e inconmovibles. Leamos la imagen utópica de un ocio activo y liberado de las cadenas del trabajo esclavista:

Sobre todo, habrá felicidad y alegría de vivir, en lugar de nervios gastados, cansancio y dispepsia. El trabajo exigido bastará para hacer del ocio algo delicioso, pero no para producir agotamiento. Puesto que los hombres no estarán cansados en su tiempo libre, no querrán sólo distracciones pasivas e insípidas. […] Los hombres y las mujeres corrientes, al tener la oportunidad de una vida feliz, llegarán a ser más bondadosos y menos inoportunos, y menos inclinados a mirar a los demás con suspicacia. […]

Los métodos de producción modernos nos han dado la posibilidad de la paz y la seguridad para todos; hemos elegido, en vez de esto, el exceso de trabajo para unos y la inanición para otros. Hasta aquí, hemos sido tan activos como lo éramos antes de que hubiese máquinas; en esto, hemos sido unos necios, pero no hay razón para seguir siendo necios para siemprei.

 

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=148319

 

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