La fiesta truncada


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La semana comenzó con un Mariano Rajoy con sed de urnas y aclamado como presidente

Qué voluble es la política! La semana comenzó con un Mariano Rajoy con sed de urnas y aclamado como presidente. Termina con su partido obligado a elegir entre la razón del pacto social y el populismo de decir que nos condenan a trabajar más. Zapatero había empezado en la situación de cadáver político en que lo había situado el señor Duran Lleida, y resulta que el cadáver respira. Y no sólo respira; Duran sella un acuerdo con él. Primer diagnóstico: las cosas están cambiando y la recta final deja de ser un calvario para el presidente. Entre esto y la más que correcta contención del déficit público, cuando la profesora Merkel ponga nota la semana que viene, quizá no dará un notable alto, pero sí un “progresa adecuadamente”.

No está mal. No es la solución de la economía, pero no está mal, porque acaba de ocurrir algo muy importante en este país. Primero: se recuperó la tradición del acuerdo, sobre el que se ha basado el progreso de muestra democracia. Un pacto serena más la vida pública que cualquier otra acción política. Segundo: el Gobierno recuperó la iniciativa y deja por un tiempo de ser un muñeco de feria. Tercero: los mercados dejarán, también por un tiempo, de agobiarnos con su indecente presión, lo cual permitirá que los ministros se dediquen más a gobernar sin necesidad de tapar agujeros cada día. Cuarto: los sindicatos han dado una prueba de sensatez, se han apeado del maximalismo, aprendieron quizá la lección de Francia y se retorna a la paz social. A la economía del país sólo le faltaba un horizonte de huelgas y conflictos. Si se ha evitado, lo debemos celebrar. Y quinto: disfrutar la pensión íntegra en el futuro será más difícil, costará más tiempo de cotización y quizá sea menor el importe. Es decir, se reduce el Estado de bienestar. La resignación invita a pensar que ése es el precio por salvar el sistema.

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Europa y la revolución democrática árabe


Publicat a ElPaís

La historia late con intensidad en el norte de África, para pasmo y temor del ‘establishment’ europeo. Unas juventudes urbanas conectadas por Internet luchan por el fin inmediato del despotismo y la corrupción

En el norte de África la historia late en estos momentos con intensidad. La chispa de la inmolación del joven tunecino Mohamed Bouazizi ha prendido en el secarral de paro, autoritarismo y corrupción que se extiende desde el Atlántico al mar Rojo. Las llamas de la protesta juvenil ya han abrasado al dictador tunecino Ben Ali y chamuscan esta semana a su colega egipcio Mubarak. Decenas de miles de personas salieron ayer de nuevo a las calles de El Cairo y otras ciudades para exigir el fin de una autocracia que se prolonga desde hace tres décadas y que pretende perpetuarse desvergonzadamente en la figura de Gamal, el hijo del actual rais, del faraón Mubarak. Desde el balcón septentrional del Mediterráneo, Europa contempla este fuego liberador con estupor y aprensión.

Al decir Europa me refiero a su establishment. Sin duda, somos muchos los europeos abochornados por el silencio de nuestros Gobiernos ante movimientos democráticos que podemos ver en vivo y en directo en cadenas de televisión como Al Jazeera, que podemos seguir, y compartir con sus protagonistas, en Twitter y Facebook y que solo cabe saludar con alborozo. No pocos ciudadanos de París, Londres, Berlín, Barcelona, Madrid, Lisboa o Roma compartimos incluso esa sensación que tienen tantos norteafricanos de que Europa ha terminado por convertirse en un obstáculo a la llegada de las libertades al Magreb y el valle del Nilo.

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