LA MAYOR TRAGEDIA DE LA HISTORIA DE ESPAÑA V


 El ideal de todos los españoles es que llevasen en el bolsillo una carta foral con un solo artículo, redactado en estos términos breves, claros y contundentes:

“Este español está autorizado para hacer lo que le dé la gana”.

ANGEL GANIVET.

Consecuencias de una tragedia

Las consecuencias de la guerra fueron más complicadas de lo que a primera vista pudiera parecer. Cierto que el efecto inmediato es fácil de definir: el general Franco se estableció como jefe del gobierno y del Estado durante los treinta seis años que siguieron al fin de la contienda. En un principio, el régimen político de Franco estuvo influido por la propaganda y el estilo de sus aliados nazis y fascistas. Pero siempre mantuvo un Estado estrictamente ortodoxo, a pesar de sus propios propagandistas. Muy pronto también se empezó a dar mayor énfasis a elementos distintos de los fascistas en su coalición, en especial monárquicos. No era el deseo de Franco restaurar a los Borbones en vida, sino darse a sí mismo el estilo y poderes de un monarca absoluto, como querían los carlistas, mirando hacia la España de los tiempos de Fernando e Isabel. Este futuro desarrollo de los acontecimientos podía preverse ya durante la guerra civil misma. En Salamanca y Burgos, sus principales cuarteles generales, Franco parecía más absolutista y monárquico que fascista, cualesquiera que fuesen las expectativas y el obrar de sus seguidores.

No obstante, el carácter posterior del régimen franquista no debe ser considerado como la consecuencia más importante de la tragedia (su desarrollo queda fuera del alcance de estas líneas). Lo fueron en mi opinión, la amargura y el odio duraderos, el aislamiento, el miedo y el recelo causados por la guerra. Y  estos sentimientos existieron tanto entre los triunfadores como en los vencidos. La conciencia de fracaso nacional evidente en los acontecimientos de 1936 y la consiguiente búsqueda de chivos expiatorios: Azaña por la izquierda, Gil Robles por la derecha. La amargura y el miedo producido por ejecuciones y represalias, las cuales, además, continuaron durante muchos años después de terminada la guerra: se fusiló a Companys, presidente de Catalunya, en 1940, y la última persona ejecutada por sus actividades en la guerra civil l fue en 1962. Gran parte de la furia de 1936 era pura espontaneidad, y tal vez el gobierno encontrase dificultades en la tarea de poner fin al ambiente de persecución y auto de fe que reinaba en el verano de 1939 ( tan bien representado en la poco conocida novela de George Cochon La corrida de la Victoria). Pero en 1939 era el propio gobierno quien parecía poseído por un espíritu de venganza, y a su libertad de acción ninguna opinión internacional puso límite.

Asimismo se da la ignorancia: nadie sabía con exactitud que había pasado respecto a tantas y tantas cosas ocurridas durante la guerra civil. ¿Cuál era la verdad acerca de la muerte del poeta García Lorca al principio de la guerra? ¿Y sobre la muerte del anarquista Durruti? ¿Quién mató al líder izquierdista Andrés Nin? ¿Quién destruyó realmente la ciudad vasca de Guernica? ¿Qué dijo Unamuno en su última aparición en público en Salamanca? ¿Hasta que punto los rusos ayudaron a la República y los alemanes a los nacionales? Y así sucesivamente. Detrás, y ocultos bajo estos problemas de envergadura nacional, quedaban innumerables incertidumbres y recelos personales: ¿Qué había pasado con fulano? ¿Había muerto realmente en el Ebro o estaba en Buenos Aires? ¿Cuántas personas vivían escondidas en el monte o en el desván de la casa de su cuñada? Pero, sobre todo, ¿cómo había podido pasar todo aquello? Durante muchos años, la nación padeció un sentimiento insoportable de pérdida. En aquella magistral película El espíritu de la colmena, el protagonista, desterrado en un pueblo castellano durante los años cuarenta, contempla en un álbum, encontrado casualmente, las fotos amarillentas de los felices veranos de antaño. ¿Por qué se acabaron?, ¿por qúe?, ¿por qué?

No pensemos ni por un momento que la guerra civil afectó sólo a los que, debido a su edad, estuvieron personalmente involucrados en el combate, no olvidemos que cualquiera con diecisiete o más años en 1939 (nacidos en 1922 o antes) bien pudiera haber combatido. Pero los niños vieron marchar a sus padres a la guerra y escucharon cómo sus madres recibían la noticia de su muerte; a menudo vieron la muerte misma. Un niño de cuatro años podría no olvidarlo si escuchaba una discusión entre su padre y su tío acerca de si debían o no matar a un tercero; tal fue, por ejemplo, la experiencia de mi viejo amigo Carlos Zayas en Mallorca en 1936.

Sin embargo, tal vez algún bien haya podido producir la experiencia al fin y al cabo, a pesar de las familias afligidas y divididas, de las esperanzas sepultadas, de la patria perdida. No lo bastante positivo, desde luego, para compensar el fiel de la balanza, pero sí para proporcionar un poco de luz en las tinieblas. Hubo, sin duda, momentos de heroísmo. Eso es evidente. Incluso de alegría. Recordemos que, afortunadamente, España se libró de la participación directa en la mayúscula hecatombe de la segunda guerra mundial -si bien muchos exiliados republicanos lucharon con la resistencia francesa y murieron en campos de concentración, en tanto que otros combatían contra los rusos en la División Azul-. La nación seguramente también aprendió una lección. A la muerte del general Franco se produjo algo como una voluntad de reconciliación nacional, sin duda inspirada en parte por la guerra civil y su recuerdo, o, mejor dicho, por una determinación de que nada parecido volviera a producirse de nuevo. Esperemos que tal sea, en efecto, el veredicto de la Historia sobre una tragedia sin igual en la historia de España.

Esperemos también que la nueva edición de la obra, La Guerra Civil Española, ayude en el proceso de redescubrimiento de la identidad nacional a través de la incorporación de las lecciones del pasado reciente, lo cual es, sin duda, una de las funciones principales de la Historia.

 

Introducción a la Guerra Civil Española.- Hugh Thomas Profesor de la Real Academia de Sandhurst y de la Universidad de Reading. Ediciones Urbión S.A. Libro I Tomo 1

Madrid-Londres 1980

Ausencias en el G-20


EL CRISOL    –    Pascual Mogica Costa

                 

    En la recientemente celebrada cumbre del G-20 y en lo que a mi opinión se refiere, ha habido dos ausencias muy significativas. A mi modo de ver y sin entrar a comentar lo que me parece el resultado de dicha reunión, mi osadía no llega a tanto, pero si me atrevo a decir que en esta cumbre no se ha llevado a cabo la prueba de fuego que es tan necesaria, esta prueba no es otra que la de que en  esta cita en Londres tenían que haber sido los protagonistas las amas y los amos de casa que son los que verdaderamente saben de economía, los otros, los diplomados y titulados, ya nos han demostrado lo que saben, no hay más que mirar a nuestro alrededor y ver como estamos todos. Pero erre que erre, los políticos siguen confiando en ellos, en los diplomados y titulados.

    Pero a lo que iba, he notado en falta a esta asamblea a Mariano Rajoy, y a ese otro, a Cristóbal Montoro, al que el Partido Popular desechó a cambio de esa estrella sin brillo llamada Manuel Pizarro y que ante la desaparición, “missing”, de éste han recuperado a Montoro que lo mismo vale para un roto que para un descosido, y  al cual  parece ser que le encanta eso de estar a falta de buenos.  

     Yo creo que con los remedios caseros, más bien de herboristería, diría yo, que estos dos exegetas, estudiosos y clarividentes prodigios ofrecen, ya tuvimos ocasión de escuchar a Rajoy en tres o cuatro ocasiones a lo largo del programa “Tengo una pregunta para usted” cuando dijo que la cosa “iba a mejorar”, digo yo que lo diría por que el Gobierno puede estar actuando bien ante la crisis por que él poco puede hacer con sus remedios a base de plantas y hierbas medicinales, desde la oposición. Yo considero que estos dos podrían haber aportado muchas cosas en la cumbre del G-20. Una de ellas, para mí fundamental, es que con sus remedios caseros, con la tisana de la abuela, hubieran desatado las carcajadas del resto de los asistentes, sabido es que la risa ayuda a ver las cosas mejor y si algo sobraba entre los G-20 era el pesimismo,  muy lógico y comprensible dados los tiempos que corren.

    En fin, espero que para una próxima reunión del G-20 a alguien se le ilumine la mente y proponga que se invite a Rajoy y a Montoro.