EL PROBLEMA DE LAS ARMAS


¿Por qué una mayoría de personas perciben como una necesidad básica el hecho de que un país, una nación cualquiera, para ser segura ha de tener el armamento más sofisticado del momento? Julio César, creo, dijo aquello tan célebre: “si quieres la paz, prepárate para la guerra”. Es decir, si quieres que tu vecino imperialista no te toque los cojo… armate hasta los dientes. Por tanto, podemos decir sin el más mínimo error que la proliferación de armas empezó cuando la frase de Julio César hizo fortuna. Porque cuando alguien se armaba para evitar ser atacado por su avaricioso y belicoso vecino, éste intentaba inmediatamente volver a la supremacía inventando armas nuevas. Pero los ejércitos permanentes aún no existían, pues este hecho se produce tras la I Guerra Mundial. Así llamada porque hubo una segunda. Ese es el momento en que llega el final de los ejércitos de leva y se percibe la necesidad de tener uno de forma estable y permanente. Esto ha dado luego bastantes quebraderos de cabeza a algunas naciones. España, sin ir más lejos, ha padecido notablemente a su propio ejército. Pero ni una cosa, el preparar la guerra, ni la otra, los ejércitos, han conseguido evitar las guerras. Está claro que Julio César estaba profundamente equivocado. Quien se prepara para la guerra, guerra tiene. El tan cacareado equilibrio es una vana ilusión, aún cuando hay gente que cree que éste se produjo en el siglo pasado cuando los dos bloques hegemónicos en que se dividía políticamente el mundo disponían de la temida arma nuclear. Sin embargo es falso que este supuesto equilibrio evitara los conflictos. El continente africano fue testigo del enfrentamiento entre bloques y sirvió de campo de pruebas de armas, técnicas y estrategias de guerra, que dejaron miles de muertos, miles de víctimas inocentes. Por cierto, según el diccionario de La Real Academia Española de la Lengua, inocente puede ser el libre de pecado, de culpa, que ignora el mal. O el sencillo, sin malicia. Algo inocuo, que no hace daño. O tonto, fácil de engañar. Ninguno de ellos se lo podemos atribuir a las armas o a quienes comercian, trafican, conquistan, matan, destruyen con ellas…. Con el discurrir del tiempo, algo después de Julio César, los estrategas llegan a la conclusión de que para conseguir la conquista de un determinado territorio hay que armarse hasta los dientes y evitar que lo haga el enemigo que se quiere conquistar. Para lo cual es imprescindible usar contra éste el sofisticado armamento de la fuerza invasora, antes de que el objetivo a conquistar pueda hacer frente. Es decir, cuando su armamento es notoriamente inferior. Y ahí entran los espias y demás. Es decir, un esfuerzo enorme. Sin embargo, y mal que le pese a Julio César, esto tampoco funcionó. El inferior utilizará una forma de combate para el que no está preparado el superior. Dicen que fue un invento español y se le conoce con el nombre de guerrilla. Después vendrían los desastres ya reseñados de la I y II Guerras Mundiales y el falso equilibrio de la Guerra Fría. En ningún momento de esos periodos ha funcionado la idea de Julio César y la estrategia de sus seguidores: los militaristas. El miedo y la desconfianza, el pensar que el otro es un enemigo potencial dispuesto a atacar, sólo porque tiene una forma diferente de pensar o de sentir, hace que mucha gente, como decía la principio, perciba que la seguridad depende de estar bien armados y disponer de un ejército bien preparado. Sin embargo, cuando el peligro, único y exclusivo, real, no viene de un ejército de una potencia cualquiera, sino de una fuerza cuya organización no es piramidal ni numerosa, se organiza en células y tiene como objetivo la población civil, el tener un ejército profesional muy bien preparado y disponer de armas muy sofisticadas, no sirve de mucho. Los militaristas tendrán que jubilar definitivamente a Julio César y repensar sus estrategias. Los que creemos que si se quiere y desea la paz hay que ser pacífico, no tenemos más que insistir en ello. Los militaristas ya se equivocaron, y mucho, en el pasado. Pero como la humildad no es una de sus características principales, no espero rectificación alguna por su parte. De modo que insistirán en lo de siempre. Pero sin éxito. Y seguiremos sin paz hasta que no entendamos algo tan sencillo como que SI QUIERES LA PAZ, PREPARATE PARA LA PAZ. Eso supone enfrentar el terrorismo islamista con más medios que los de inteligencia y policiales. Hay que atacar las causas, la raíz,  de ese problema y no embarcarse alegremente en aventuras bélicas o en enfrentamientos religiosos improductivos y absurdos.