Catalunya, ¿revolución tranquila?

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Revolución no implica violencia: la revolución nacional de Catalunya será pacífica o no será

Artículos | 15/09/2012 – 00:00h

Manuel Castells MANUEL CASTELLS

La palabra revolución, estrictamente hablando, se refiere a la transformación de las relaciones de poder en una sociedad, puesto que las instituciones que las expresan son matriz de la vida de la gente. Y el poder se expresa en el Estado. Por eso proclamar la independencia de Catalunya sería una revolución: el actual Estado español dejaría de existir y un nuevo Estado europeo vería la luz, tal y como hicieron recientemente los estados balcánicos o exsoviéticos o Eslovaquia y según aspiran Flandes y Escocia. Revolución no implica violencia. Existen ejemplos históricos de divorcios nacionales amigables, Suecia y Noruega sin ir más lejos. En realidad en el contexto español-catalán la violencia a gran escala es impensable y socavaría la legitimidad social del proceso de secesión. Que se lo pregunten a los vascos, que sólo tras el fin previsible de ETA se pueden plantear la plena soberanía. Por tanto, la revolución nacional en Catalunya será tranquila o no será. Es decir, aun con momentos dramáticos, debería poder circular por cauces institucionales autónomos del Estado central, apoyados eventualmente en procesos de desobediencia civil. Ese es el horizonte vislumbrado por más de un millón de catalanes manifestándose tras la pancarta menos ambigua de la historia anunciando un nuevo Estado independiente en Europa. Para darse cuenta de la profundidad de esta tranquila determinación había que estar en esa manifestación y recorrerla de cabo a rabo durante horas. Estoy seguro de que muchos ciudadanos españoles hubieran cambiado su percepción (tal vez no su convicción) de haber estado allí.

La fiesta multicolor y familiar, con tres generaciones de una familia abrazándose y riendo, las jovencitas pintadas de independencia, los cánticos, los acentos y fanfarrias de pueblos y comarcas, los castellers infantiles, los jocosos gracejos, el mar de estelades ondeando al viento, y esa firmeza alegre en que la rauxa dejaba paso a la calma convicción de que ya se había llegado. De que Catalunya sería independiente, de que no habría más pseudonegociaciones, decepciones, engaños, vueltas atrás. Nadie sabía cómo ni por qué, pero no se dudaba de la independencia, sobre todo entre esa juventud crecida en el espacio de autonomía educativa, lingüística y cultural que conquistaron sus mayores. “La independencia es la solución”, proclamaban sus pancartas al ardiente cielo de verano. Nadie se preguntaba por el pacto fiscal o por los mecanismos constitucionales o por la prima de riesgo. La mágica palabra resolvía todo, porque una vez en su casa, como dueños de su vivencia colectiva, ya la pondrían en orden. “Ilusos irresponsables”, dirían sus realistas críticos desesperados en la crisis de nunca acabar. Pero en sus ojos y en sus risas había esperanza, una esperanza que mueve y conmueve, una esperanza que falta en sociedades europeas atenazadas por el miedo y asqueadas por sus representantes. Porque las revoluciones son ante todo emocionales y en la naciente revolución catalana la emoción corre a raudales, convenientemente templada por el seny.

¿Por qué ahora? Las revoluciones suelen resultar de la concatenación de varios factores. Una crisis económica profunda que deja a mucha gente, y en particular a los jóvenes, sin medios de vida. La rapacidad de los amos del dinero. La desconfianza en las instituciones políticas y el rechazo a quienes las ocupan. El escepticismo sobre promesas nunca cumplidas. Y sobre todo la humillación personal y colectiva por parte de los mandamases. Algarabía será la palabra hiriente que quedará en el epitafio de un político que no quiso o no pudo ni escuchar ni entender. Desprecio de lo que uno es, con el añadido de que nada cambiará por mucho que griten, si es necesario con el artículo 8 de la Constitución en la mano. Todos esos ingredientes del brebaje inductor de revoluciones están presentes en la Catalunya de hoy. Y se expresaron con fuerza creciente en las últimas tres décadas y con mayor intensidad en los últimos tres años. El dato más citado, el porcentaje de catalanes encuestados que votarían sí en un eventual referéndum por la independencia de Catalunya era el 36% en marzo del 2001, el 42,9% en junio del 2011, el 44,6% en febrero del 2012, y supero la mayoría, con un 51,1% en julio del 2012. Claro está que cuesta mucho menos contestar a una encuesta que decidir su vida y la de sus hijos con un voto. Pero lo importante es la tendencia. Y ahí es donde la confluencia de crisis económica, crisis de legitimidad política y humillación de la propia identidad conducen al mayor sentimiento independentista de la historia contemporánea de Catalunya. Cierto es que con una mayoría exigua no es viable proclamar la independencia. Pero ya se encargarán los políticos españolistas, jaleados por la caverna mediática, de engrosar rápidamente la legión de los humillados y la intensidad de la rauxa. Y la experiencia histórica dice que cuando la amplia mayoría de un pueblo piensa contradictoriamente a la Constitución, es esta la que cambia, a menos que se imponga una dictadura, lo cual es socialmente inviable.

El “¿ahora qué?” parece claro, aunque sus ritmos y procesos son imprevisibles. Si el Gobierno y el PSOE siguen diciendo no al pacto fiscal, Mas, que está ejerciendo de líder tranquilo y firme de la llamada transición nacional, convocará elecciones que consagrarán la desaparición de un PSC que ya no tiene C y dejará al PP atrincherado en un reducto españolista con horizonte de extinción generacional. Un Parlament mayoritariamente soberanista convocaría un referéndum con garantías, aun al margen de la ley española. Y si la negociación con España fracasa, habría desobediencia civil e institucional, empezando por la tributación voluntaria a una agencia catalana. ¿Europa? Puede reflexionar la UE. Y tampoco les va tan mal a Suiza, Noruega o Islandia, enlazadas a la UE por múltiples acuerdos.

Lo impensable es posible. La independencia, partiendo de un sentimiento ampliamente mayoritario el día que exista, es posible, pese a los constitucionalistas tertulianos. A menos que haya una negociación inmediata, seria y constructiva que empiece por un pacto fiscal justo con Catalunya manteniendo la solidaridad con España.

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