La muerte de Gonzalo Anaya me recordó lo que decía otro ilustre desaparecido, también maestro. Josep Vicent Marqués era partidario de aprobar a cualquier alumno que «no fos rematadament estúpid o, almenys, es deixara voler». A la vista de las necrológicas dedicadas al señor Anaya, no hay duda de que despertaba ese costado sabiamente pasivo que enseña a dejarse querer. Enhorabuena: aunque dar con un maestro excelente es muy difícil, es bastante más sencillo que acertar la Primitiva o encontrar el amor de nuestra vida.
El buen maestro -y su correlato, el alumno que anhela y comprende- sigue un modelo muy sugestivo, naturalmente griego: el del centauro Quirón y su discípulo Heracles. Quirón es un sabio centauro que no niega su mitad animal y cuyo caudal emotivo le llevará al sacrificio. Hércules aprende duramente que su redención le llegará con sudores y trabajos y que a menudo no sirve de nada ser el hijo del jefe. Estas cosas no las encontrarán ni en la play station ni en los suplementos dominicales, pero sí que las conocen esos diez mil valencianos que la semana pasada y en coincidencia por el arranque de la Eurocopa fueron capaces de despegarse del sofá, del bote de cerveza y del platito de cacahuetes para salir a la calle en defensa de la dignidad de la enseñanza: también eran griegos, aunque no dieran con casi ningún Jenofonte que cantara sus gestas en las crónicas.
Vivimos tiempos de arrasamiento de los espacios y proyectos públicos más allá de las colas en los museos, y ningún espacio tan público -tan socializador- como el de la educación, que ni siquiera requiere, como condición previa, un marco político participativo. La parálisis del Gobierno autónomo, más allá de las fiestecitas sobre cuatro ruedas o en patinete, es completa: siguen las clases en barracones, somos el país que peor paga a sus investigadores y en el que menos cotiza un título universitario. Sin educación (pública), no hay ciudadanía.
Emili Piera
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