De todos modos, hacia las tres de la mañana del lunes 13 de Julio, el sereno abrió la puerta del edificio donde vivía Calvo Sotelo, en la calle Velázquez, en un barrio elegante y moderno de Madrid, permitiendo a Condés y a algunos de los guardias de asalto que subieran al piso de su víctima. Calvo Sotelo tuvo que levantarse de la cama, y los intrusos le convencieron para que los acompañara a la jefatura de policia, aunque su inmunidad parlamentaria lo eximía de la posibilidad de ser detenido. Calvo Sotelo se tranquilizó al comprobar la documentación del capitán Condés, que le identificaba como miembro de la guardia civil. Un socialista pensó que Calvo Sotelo creía que no le llevaban ante el director general de Seguridad, sino ante Mola, cuyo nombre cifrado dentro de la conspiración era “el director”. De todos modos, Calvo Sotelo prometió telefonear pronto a su familia, y añadió “si es que no me llevan a darme cuatro tiros”.
El coche arrancó rapidamente. Nadie dijo una palabra. A unos doscientos metros de la casa, Luis Cuenca, un joven socialista gallego que iba sentado cerca del político, le disparó dos tiros en la nuca. Al parecer, ni Condés ni los demás esperaban este desenlace. De momento Condés, pensó en suicidarse, ya que Calvo Sotelo se había entregado a él. Pero, en vez de hacerlo, se dirigió al cementerio del Este, y entregó el cuerpo al encargado sin decirle de quien era. Cuenca se dirigió a la redacción de El Socialista y explicó a Prieto lo que había ocurrido. El cadáver fue identificado al mediodía siguiente. Poco después, Cuenca, Condés y los otros que habían estado en el coche fueron detenidos. No intentaron escapar.
Empezaron los rumores, se habló de conspiración, se dijo que el jefe del gobierno había sido cómplice y las acusaciones nunca han cesado de multiplicarse.
La clase media española quedó estupefacta ante este asesinato del lider de la oposición parlamentaria realizado por miembros de la policia regular, aún cuando pudieran sospechar que la víctima había estado implicada en una conspiración contra el Estado. Ahora era lógico suponer que el gobierno no podía controlar a sus propios agentes, aunque deseara hacerlo. Los republicanos de derechas o de centro, tales como Lerroux, o Cambó, o incluso Gil Robles, pensaron que a partir de entonces no podían ser leales a un Estado que no podía garantizar sus vidas El presidente de la asociación de estudiantes católicos, Joaquín Ruiz Jiménez, que antes había defendido la línea de la no-violencia, decidió que Santo Tomás habría aprobado una rebelión, considerándola justa. El gobierno, entretanto, pasó el 13 de julio reunido en sesión continua. Ordenaron la clausura de los centros monárquicos, carlistas y anarquistas de Madrid. Pero los miembros de las dos primeras organizaciones, y muchos otros, estuvieron aquel día muy ocupados llamando a Calvo Sotelo para rendir su tributo al muerto.
A medianoche, Prieto (que en el número de El Socialista de aquel mismo día declaraba que era preferible la guerra a aquella intolerable serie de asesinatos) presidió una delegación de socialistas, comunistas y afiliados a la UGT para pedir a Casares Quiroga que distribuyera armas a las organizaciones de trabajadores. Casares se negó.
Durante otra calurosa noche, Madrid permaneció a la espera de acontecimientos. Los milicianos de los partidos de izquierda, es decir, aquellos en los que se apoyaría los partidos en caso de lucha, y que ya habían recibido las pocas armas de que se disponía en los arsenales de sus organizaciones, permanecieron vigilantes.
Los miembros de los partidos de derechas pasaron la noche pensando a quién le correspondería el turno de oir la fatal llamada a la puerta de su casa.
Por fín Mola dió una fecha definitiva para el alzamiento, sus telegramas decían:”El pasado día 15, a las 4 de la mañana, Elena dió a luz un hermoso niño”. Esto significaba, una vez interpretado, que el alzamiento empezaría en Marruecos el 18 de julio a las cinco de la mañana. Las guarniciones de España seguirían el 19 de julio.
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