LOS ORIGENES DE LA GUERRA CIVIL
Cuando cesó el griterío, el jefe monárquico Calvo Sotelo se levantó arrogante. Igual que Casares Quiroga, era nativo de Galicia, pero también como Casares, carecía de la serenidad que ha dado fama a esa verde región. ¿Era un hombre tan fuerte como parecía indicar su atractivo rostro? ¿Era un Roosevelt español, o un Mussolini español, más inteligente? Todo cuanto se sabía era que se trataba de un hombre violento, elocuente y hábil. Al terminar sus estudios en la Universidad de Zaragoza en 1915, Maura el presidente del consejo de ministros de Alfonso XII, conservador y de elevados ideales, le hizo su secretario privado. Poco después, Maura le nombró gobernador civil de Valencia, a sus veinticinco años. El general Primo de Rivera le dió la cartera de Hacienda a los treinta dos años. Después de pasar prudentemente en París los primeros años de la República, para evitar que se le condenara por los errores financieros de la Dictadura, regresó a España cuando la República había empezado a desintegrarse. Elegido diputado a Cortes como representante monárquico, creía en su buena estrella por encima de todo. El eclipse de Gil Robles había sido un trinfo para él. Con su experiencia y en plenitud de facultades, hablaba como si creyera que el futuro de España estaba en sus manos.
El desorden de España, dijo en su discurso salpicado de interrupciones, era el resultado de la Constitución democrática de 1931. El no creía que sobre aquella Constitución pudiera construirse un Estado viable. “Frente a este Estado estéril yo levanto el concepto del Estado integrador, que administre la justicia económica y que pueda decir con plena autoridad: ¡No más huelgas, no más lock-outs, no más intereses usurarios, no más formulas financieras de capitalismo abusivo, no más salarios de hambre, no más salarios políticos no ganados con un rendimiento afortunado, no mas libertad anárquica, no más destrucción criminal contra la producción, pues la producción nacional está por encima de todas las clases, de todos los partidos y de todos los intereses! A ese Estado le llaman muchos Estado fascista, pues si ése es el Estado fascista, yo, que participo en la idea de ese Estado, yo, que creo en él, me declaro fascista.”
Cuando se hubo aplacado la tormenta de burlas y aplausos que estalló tras estas palabras, continuó:
“Cuando se habla por ahí del peligro de militares monarquizantes, yo sonrío un poco, porque no creo-y no me negaréis una cierta autoridad moral para formular este aserto-que exista actualmente en el ejercito español, cualesquiera que sean las ideas políticas individuales, que la Constitución respeta, un solo militar dispuesto a sublevarse en favor de la monarquía y en contra de la República. Si lo hubiera, sería un loco, lo digo con toda claridad, aunque considero que también sería loco el militar que al frente de su destino no estuviera dispuesto a sublevarse en favor de España y en contra de la anarquía, si ésta se produjera.”
En realidad, Calvo Sotelo ya se había comprometido secretamente a apoyar el alzamiento militar, si es que se producía. El presidente de las Cortes, el atezado Diego Martínez Barrio, rogó a Calvo Sotelo que no hiciera aquella clase de declaraciones, porque sus intenciones podian ser mal interpretadas. El presidente era un político experto, nacido en Sevilla, de órigen modesto, que había sido jefe de gobierno durante corto tiempo. Ahora era jefe del Partido de la Unión Republicana. Abierto y comprensivo, pero vanidoso, hasta entonces en su vida política, había utilizado con éxito la táctica del compromiso. Esto era tan raro tratándose de asuntos españoles, que sus enemigos atribuían su encumbramiento a su poder oculto como masón de grado treinta y tres.
Deliberadamente, el jefe del gobierno, respondió a Calvo Sotelo:
“Me es lícito decir que, después de lo que ha hecho su señoría hoy ante el Parlamento, de cualquier cosa que pudiera ocurrir, que no ocurrirá, haré responsable ante el país a su señoría. El señor Calvo Sotelo (…) viene aquí hoy con dos fines: el de buscar la perturbación parlamentaria, para acusar, una vez más, al Parlamento de que no sirve para nada, y el de buscar la perturbación del ejercito para (…) volver a gozar de las delicías de la Dictadura. No sueñe en conseguir éxito, señor Calvo Sotelo, ni el Parlamento (…) ha de rebajarse un ápice en su valía, en su actividad, en su fecundidad, ni el ejercito hará en España otra cosa que cumplir con su deber…”
A continuación habló Dolores Ibárruri “la Pasionaria”, siguió Juan Ventosa y después Joaquín Maurín del POUM.
Entonces Calvo Sotelo volvió a levantarse para responder al jefe del gobierno: “Mis espaldas sn anchas, yo acepto con gusto y no desdeño ninguna de las responsabilidades que se puedan derivar de actos que yo realice (…) Yo digo lo que Santo Domingo de Silos contestó a un rey castellano. “Señor, la vida podéis quitarme, pero más no podéis”. Y es preferible morir con gloria que vivir en el vilipendio. Pero a mi vez invito al señor Casares Quiroga a que mida sus responsabilidades estrechamente, si no ante Dios, puesto que es laico, ante su conciencia, puesto que es un hombre de honor.”
Los ecos de este debate, con sus amenazas y sus advertencias, llegaron a toda España. Azaña, encarnación de la República, contemplaba entristecido el derrumbamiento de sus esperanzas desde la lujosa soledad del Palacio Nacional.
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