ASUMIR LA DIVERSIDAD LINGÜÍSTICA
Esta es una propuesta que presenta el autor de LA OTRA MUNDIALIZACIÓN (Dominique Wolton) para que la convivencia cultural sea una realidad y no un deseo. Él la refiere a la convivencia europea entre sí y también con los Estados Unidos y el resto del mundo, pero yo la traigo aquí por la importancia que el autor condece a la lengua, a la que iguala con identidad.
Para ello (asumir la diversidad lingüística) se requiere preservar en todas partes las lenguas nacionales, las lenguas criollas, los dialectos, etc., función que corresponde a la escuela y a los medios de comunicación. No hay convivencia cultural si todo el mundo habla en inglés: un idioma no es solamente un conjunto de palabras, es también y sobre todo una manera de pensar, soñar, imaginar y ver el mundo. En unos y otros no se hacen las mismas asociaciones de ideas, las mismas construcciones mentales, los mismos razonamientos. No se piensa de modo similar en ruso, chino o inglés. Por esta razón, la fantasía de que los intercambios mundiales serían más eficaces si todo el mundo utilizara Internet y el inglés, carece de sentido. Otra vez una visión técnica de la comunicación.
La pluralidad de idiomas es la primera condición de la diversidad cultural, que constituye la primera realidad política del mundo contemporáneo. Según la propuesta de Claude Hagège, se podría preconizar el aprendizaje temprano de tres lenguas: la nacional, una conexa elegida por cada cual, y el inglés. El problema no es el uso del inglés sino el hecho de que las otras lenguas no sean valoradas.
Los idiomas ilustran además el desafío de una “cultura desmaterializada”, es decir, no reducida a patrimonios y objetos. Con la importancia creciente de las comunicaciones y los flujos de transmisión, es necesario ampliar la definición de la cultura a fin de que abarque muchas más dimensiones, aun las inmateriales. Lo cual implica, por otra parte, una paradoja: la cultura desmaterializa pero simultáneamente la reivindicación territorial no cesa de intensificarse, como lo demuestran todos los conflictos que se desataron desde la caída del comunismo. Como si el territorio fuera cada vez más el complemento de la identidad cultural. En cualquier caso, esta necesidad de territorio relativiza el discurso de la época Internet, en la cual sólo importaban el nomadismo y las redes.
Vamos al asunto que nos ocupa: sin lengua no hay identidad cultural posible. La lengua es la identidad. No hay ninguna identidad cultural posible sin respeto por la identidad lingüística. Y aunque la primera sea hoy más vasta que la segunda, sin ella no puede existir. Por otra parte, en la falta de vínculos entre idioma e identidad cultural estriba la debilidad del inglés, debido a su condición de lengua “estándar” de la comunicación. En cambio, la fuerza del francés, del italiano, del portugués, del japonés, del español, etc., radica en el apretado lazo que mantienen en ellos lengua e identidad cultural. Todos los viejos países establecieron un fuerte nexo entre independencia-identidad-nación-lengua-ciudadanía. Pero esta ecuación deja de ser hoy tan pertinente en la medida en que, para muchos otros, la independencia política es una quimera mientras que la identidad lingüística continúa siendo una condición fuerte de la identidad cultural; y esta es a veces más importante que la identidad política. Cuantos más intercambios haya, más efectivo será el respeto de la diversiadad cultural y más necesario será preservar el nexo lengua-cultura.
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